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El asesinato de Benjamín Scerra golpea con una crueldad que paraliza a toda la región. Su muerte no representa una cifra más en la sección de policiales; significa la pérdida de un chico de 19 años que acababa de terminar la escuela, que trabajaba día a día junto a su papá y que guardaba un futuro lleno de proyectos y sueños por cumplir.

El contraste entre esa vida en pleno crecimiento y el salvajismo con el que fue apagada expone de forma descarnada el estado de indefensión al que están expuestos nuestros jóvenes.
Las líneas de investigación judicial avanzan sobre una disputa fatal, pero el trasfondo trasciende la mecánica formal de los hechos. El caso abre un interrogante urgente sobre el peligro inminente al que se enfrentan los adolescentes ante determinados entornos donde imperan códigos de violencia extrema.
Encontrarse en un ámbito equivocado puede transformar de manera irreversible una jornada común en una tragedia absoluta, empujando a los chicos a escenarios de vulnerabilidad extrema donde la vida parece carecer de valor.
A este panorama se suma a las hipótesis iniciales que rodean al caso: un posible intento de robo o una pelea que subió de tono, no tiene importancia, aquello que hay que tener en cuenta es el hecho de que la violencia letal pueda desencadenarse demostrando el nivel de descomposición social que atravesamos.
No hay equivalencia alguna entre el móvil investigado y la brutalidad descomunal del crimen, donde el ensañamiento forense —con más de 20 puñaladas y un proceso posterior de ocultamiento y refrigeración— evidencia una pérdida total de la empatía y de los límites humanos más elementales.
En medio de tanto horror, la búsqueda de Benjamín dejó en evidencia otra arista dolorosa de nuestra realidad. Fueron sus propios amigos quienes, movilizados por el afecto y la desesperación, salieron a rastrear el terreno basándose en rumores hasta hallarlo en el monte. Lo hicieron con un escaso acompañamiento institucional, cargando sobre sus hombros una tarea que debió ser abordada de inmediato por especialistas con recursos y celeridad.
Se perdieron días valiosos en el inicio de la desaparición. Si bien es probable que esos tiempos no hubieran cambiado el trágico final de Benjamín debido a la inmediatez del ataque, hubieran sido determinantes para resguardar pruebas cruciales antes de la destrucción de las escenas y para apresar a los responsables antes de que tuvieran la oportunidad de darse a la fuga. La inacción o la demora inicial en estos casos suele dejar una ventana de impunidad difícil de revertir.
La justicia penal debe avanzar con celeridad para capturar a los responsables y esclarecer cada eslabón de este horror. Sin embargo, como sociedad no podemos limitar la mirada al expediente judicial. La comunidad necesita respuestas estructurales y redes de contención efectivas que protejan a los chicos en sus espacios de socialización. El recuerdo de Benjamín, un joven laburante y con proyectos truncados por el salvajismo, debe transformarse en una exigencia colectiva inflexible: no podemos seguir permitiendo que la violencia, la desidia y los entornos hostiles les arrebaten la vida y el futuro a nuestros hijos.
