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Detrás de los portones que permanecieron herméticos durante más de un año, el club se había convertido en el reino de las palomas. Los techos rotos filtraban el sol de las cinco de la tarde, desnudando las rajaduras de las paredes y el espacio vacío donde alguna vez vibraron los partidos de bochas, hoy desarmados en un galponcito. Sin embargo, este último jueves, el aire espeso y el olor a encierro no pudieron con la marea de vecinos que cruzaron el umbral. La urgencia no era limpiar; la urgencia era democrática.

Fueron cerca de cincuenta personas las que desafiaron un horario laboral hostil para firmar las actas frente a los inspectores de la provincia. El organismo que antes todos conocían como IGPJ —y que ahora lleva el nombre de Registro de Personas Jurídicas— desembarcó en la localidad con los libros bajo el brazo para certificar un milagro civil: tras tres años de marchas, abrazos simbólicos y reuniones ininterrumpidas cada lunes, el club volvía a ser de su gente.
«Es como si estuviera acéfalo y tuviéramos que arrancar de cero», reconoció Claudia Chavez en los estudios de Radio Mix, con esa hiperactividad que la define y que ella misma confiesa usar como motor. No había otra lista. Para Claudia, que conoce el paño de la perseverancia, la falta de oposición es casi una lástima; le hubiera gustado que fuesen más. Pero los que estuvieron desde el primer día, los que aportaban una torta para los bingos cuando todo era una quimera, volvieron a firmar el presente.
La nueva estructura del club es más compacta, hija de una reforma del Estatuto que redujo la mesa a solo siete miembros. Junto a Claudia caminarán Natalia Chávez en la secretaría, Lucía Rivero —firme desde hace dos años—, Julieta Rodríguez como vocal titular, Nicolás Aleti como suplente, y la mirada atenta de Daniel de Ángeles y Néstor «Lilo» Martínez, un nombre que en Villa El Prado es sinónimo de confianza, en la revisión de cuentas.
El panorama administrativo que se les viene encima el próximo lunes, cuando se reúnan formalmente por primera vez, asustaría a cualquiera: balances congelados en el 2016, deudas con el municipio, la luz cortada y la incertidumbre de si el agua corriente todavía llega a los baños. El plan inmediato es pragmático: contratar un seguro, limpiar a fondo y reactivar los servicios básicos. Después, la supervivencia económica dependerá del ingenio. El club posee un tesoro: un playón con medidas reglamentarias para handball. Alquilarlo a equipos zonales, abrir la pista al patín, al básquet y al baile, será el primer respirador artificial para las arcas de una institución totalmente amateur.
Pero detrás de los números y los ladrillos rajados, late la verdadera razón de una insistencia que duró treinta y seis meses. En una región golpeada, donde la calle se ha vuelto un territorio hostil de noticias trágicas, padres destruidos y adolescencias truncas, reabrir un club no es un trámite; es un acto de legítima defensa comunitaria. No se busca el alto rendimiento ni el profesionalismo inmediato; se busca un refugio. Un lugar donde los pibes dejen las pantallas y vuelvan a mirarse a los ojos, aunque sea cruzando un mate sobre el cemento.
Sin El lunes la comisión volverá a juntarse, como cada semana desde hace tres años, pero esta vez con la certeza de que las llaves, finalmente, cambiaron de manos.
