El día que un pedazo de nuestras vidas se retiró con Messi

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No es solo el fin de un ciclo deportivo; es la clausura definitiva de la juventud de toda una generación. El anuncio del capitán rompe un lazo invisible que unía la mesa familiar, los rituales y la última gran reserva de felicidad compartida que le quedaba al país.
El día que un pedazo de nuestras vidas se retiró con Messi
Hay noticias que se leen con el cuerpo. Un frío repentino en la nuca, un nudo sordo en el estómago y la certeza inmediata de que el mundo, a partir de ese segundo, ya es un lugar un poco más inhóspito.
El anuncio del retiro definitivo de Lionel Messi de la Selección Argentina no pertenece a las páginas de la sección de deportes. Es, en esencia, un parte de pérdidas de nuestra propia historia afectiva. Con su despedida, no se va solamente el mejor futbolista que vieron estos tiempos; se desgarra un pedazo inmenso de nuestra propia identidad.
La misiva del diez, redactada con la caligrafía íntima de quien se sabe exhausto, funciona como el espejo retrovisor de veinte años de vidas ajenas.
Para quienes hoy promedian los treinta o cuarenta años, Messi fue la única constante inalterable de su madurez. Estuvo ahí cuando ingresaron a su primer trabajo, cuando se mudaron solos, cuando nacieron sus hijos y cuando despidieron a los abuelos que ya no llegaron a verlo levantar la copa. La «Pulga» fue el almanaque invisible con el que medimos el paso del tiempo.
El refugio del ritual familiar
Pensar en la Selección sin Messi es desarmar la arquitectura de los partidos en familia. Durante más de dos décadas, su presencia en la pantalla fue la excusa perfecta para suspender las grietas políticas, las angustias económicas y los dolores cotidianos. Sentarse a verlo jugar era volver a ser chicos, era el abrazo seguro con un padre, el grito desaforado con un hermano y la última fe ciega que nos permitíamos tener en algo.
Cuando Messi dice «me vacié», nos avisa también que se apaga el televisor de una infancia colectiva. Nos deja a la intemperie de un fútbol hiperprofesionalizado y frío, desprovisto de esa narrativa casi mística del héroe humilde que caía, era despedazado por la crítica, se levantaba y terminaba tocando el cielo en Qatar. Su carrera fue una lección de resiliencia que adoptamos como bandera propia para gambetear los días difíciles.
El peso del silencio
El dolor de la pérdida se duplica al conocer los entretelones de su silencio. Saber que esa carta ya estaba escrita desde el frío 21 de julio, apenas dos días después de la final perdida contra España, revela la procesión interna de un hombre que ya venía procesando el final en absoluta soledad.
El golpe definitivo del 8 de agosto, con el fallecimiento de su padre Jorge, terminó de derrumbar el último puente que lo unía al compromiso internacional. Messi se humanizó por completo ante nuestros ojos: el dios del fútbol mundial prefiere hoy ser, simplemente, un hijo que hace el duelo y un padre que cuida a los suyos.
Argentina entra ahora en un territorio desconocido. Habrá nuevos talentos, tácticas renovadas, camisetas número diez heredadas por chicos con futuros brillantes y clasificaciones que festejar. Pero la magia artesanal, esa sensación de que lo imposible era una jugada previsible cada vez que la pelota tocaba su botín izquierdo, no se repite.
Hoy nos toca guardar la camiseta con el pecho inflado de orgullo, pero con los ojos llenos de lágrimas, sabiendo que una parte de lo que fuimos se marcha para siempre con él.
Gracias, Leo, por habernos hecho tan ridículamente felices.