Pies en el barro y corazón en la plaza: las hermanas que transformaron «Camino Muerto»

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Rocío y sus hermanas viajan cada sábado desde Funes para merendar con casi 100 chicos en un barrio olvidado entre las vías y la autopista. Se quedaron sin trabajo hace 15 días, pero se niegan a faltar: «Ellos no entienden de crisis, solo esperan su fiestita».
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La historia empezó a escribirse  hace un año como un deseo de «devolverle a la vida un poco de lo que nos dio», terminó convirtiéndose en una misión que hoy sostiene a todo un barrio. Rocío es de Funes, pero el destino la llevó a conocer un rincón invisible para el mapa oficial: Camino Muerto, en Granadero Baigorria. Allí, donde la marginación se siente en el aire, ella y sus hermanas encontraron un propósito que hoy las desborda.
«Compramos unos juguetes y fuimos a repartirlos. En cinco minutos se habían terminado; eran demasiados chicos», relata Rocío con una mezcla de ternura y tristeza. Ese día comprendió que un juguete no bastaba. Las carencias eran estructurales, profundas y urgentes. Desde entonces, cada sábado el equipo familiar se desplaza para llevar mate cocido, masitas y, sobre todo, tiempo.
«Naty»: una plaza que duele e indigna
El punto de encuentro es la Plaza Naty. El nombre suena a hogar, pero la realidad es hostil. El sábado pasado, el grupo fue testigo de una imagen que resume la urgencia:  una de las nenas del barrio, intentaba usar una hamaca destruida, descalza sobre el barro bajo la lluvia.
«Me pareció indigno, desesperante. Por eso salí a pedir ayuda», confiesa Rocío. El reclamo tiene un destinatario claro: el Estado y la Intendencia de Baigorria. Las hermanas piden lo básico para que el barrio deje de estar marginado: luz, arreglo de calles y un refugio digno en la plaza para que los chicos no tengan que resguardarse bajo la lluvia.
A pesar de las dificultades económicas —las hermanas perdieron su empleo hace apenas dos semanas—, la «fiestita de los sábados» es innegociable. Cuando el auto asoma por las calles de tierra, los aplausos y los cantos de los chicos transforman la desidia en una celebración. Juntos asisten a unos  cien  niños y adolescentes de entre un año y medio y 16 años.
La generosidad de las hermanas llegó a un límite donde el esfuerzo personal ya no alcanza, especialmente ahora que no cuentan con ingresos fijos. El barrio necesita:
  • Alimentos: Leche, yerba, azúcar y mercadería para familias en situación de vulnerabilidad extrema.
  • Indumentaria: Calzado (especialmente zapatillas y botines de fútbol), medias y ropa para todas las edades.
  • Para la plaza: Materiales para arreglar los juegos y luminarias.
«Ellos son nuestro futuro y no merecen vivir así», cierra Rocío. Mientras espera que el municipio responda, ella sigue organizando el próximo sábado.
Si querés colaborar con alimentos, ropa o materiales para la plaza, podés comunicarte directamente con Rocío al:📲 3413 45-7770